El director de coros inclusivos que demuestra que el talento no tiene barreras
Jaime Fernando Maturana Vásquez es un cantante y autor chileno cuya trayectoria destaca por una labor prácticamente única en el país: la creación y dirección de coros inclusivos integrados por personas con discapacidad de todas las edades.
Profesor de guitarra, canto y creación musical, ha convertido la enseñanza artística en una herramienta de dignidad, autoestima y participación social. Su trabajo —muchas veces comparado con el de un “Patch Adams de la música”— busca derribar barreras y demostrar que el arte no pertenece a una élite, sino a toda la comunidad.
A través de proyectos como el Coro Voz de la Inclusión y futuras iniciativas educativas, Maturana promueve una visión donde la emoción, la libertad y el sentido de pertenencia son más importantes que la perfección técnica.
1. Tu trabajo con coros inclusivos es profundamente humano. ¿Qué te inspira a dedicar tu vocación musical a personas con discapacidad de distintas edades?
Lo que más me inspira es el espacio de profunda libertad que se crea en cada clase, ensayo o presentación. Allí, las personas pueden cantar o tocar un instrumento sin la presión de alcanzar estándares de excelencia interpretativa que muchas veces excluyen. Hay mucho trabajo y ensayo, pero el foco está en disfrutar, expresarse y “volar” con la música. Además, el mensaje de inclusión absoluta que se construye colectivamente es muy potente: todos tienen un lugar, todos son necesarios. Ver sus rostros de alegría, la emoción con la que viven cada logro y la confianza que van desarrollando me confirma que este camino vale la pena y que la música puede transformar vidas.
2. Como director del Coro Voz de la Inclusión, ¿qué transformaciones has visto en los participantes a nivel emocional, social y artístico?
Las transformaciones son realmente profundas y, muchas veces, conmovedoras. En el plano emocional, las personas se muestran más abiertas, más conectadas con sus sentimientos y con el momento presente. Algunos llegan desde situaciones de aislamiento o encierro que se estaban volviendo permanentes, y el coro se convierte en un espacio de salida hacia el mundo. En lo social, comienzan a relacionarse con mayor seguridad, crean amistades y desarrollan sentido de pertenencia. Y en lo artístico ocurre algo muy hermoso: se empoderan. Sienten el repertorio como propio, defienden lo que hacen con orgullo y cada vez cantan con más fuerza, energía y convicción. La música se transforma en una voz que antes no tenían.
3. Participaste en el curso Proyecta Cultura RM de SINAMUARCHI. ¿Qué aprendizajes fueron más valiosos para potenciar tus proyectos inclusivos?
Cada módulo aportó elementos importantes, pero lo que más impacto tuvo en mi trabajo fue aprender a difundir y masificar nuestros proyectos a través de las redes sociales. Comprender cómo comunicar mejor lo que hacemos, cómo llegar a nuevos públicos y cómo fortalecer la visibilidad del coro resulta fundamental para sostener iniciativas inclusivas en el tiempo. Esto me hizo especial sentido porque es algo que realizo de manera cotidiana: crear contenidos, mostrar procesos, invitar a la comunidad a conocer nuestro trabajo. Gracias a estas herramientas, hoy es posible amplificar el mensaje de inclusión y demostrar que la música puede ser un espacio abierto para todos.
4. Has creado música propia y colaborado en proyectos como “Manifestación”, homenaje a Víctor Jara. ¿Cómo dialoga tu obra artística con tu trabajo social y educativo?
Mi creación musical está profundamente conectada con lo social y educativo. No concibo la música como algo aislado de la realidad. En el trabajo con mis alumnos busco que experimenten distintos lenguajes y estilos, porque cada uno abre una puerta emocional distinta. Podemos viajar imaginariamente por paisajes tropicales con una cumbia, sentirnos en Nueva York con un swing jazz, recorrer Chiloé con una pericona o una sirilla, o revivir tradiciones campesinas con una cueca. Cada canción es un viaje cultural y sensorial. De esa manera, la música no solo entretiene, sino que educa, amplía horizontes y conecta a las personas con distintas identidades y territorios.
5. ¿Cuál es tu sueño a futuro para los coros inclusivos y para que la música sea realmente accesible para todos?
Mi gran sueño es consolidar la ESIMUS, una Escuela de Inclusión Musical donde cualquier persona —sin importar edad, condición o nivel previo— pueda aprender canto o instrumentos a su propio ritmo, sin exigencias académicas rígidas ni estereotipos de conservatorio. También creo que la educación escolar debe reconectar a los niños con la música desde la libre expresión. Cuando la asignatura se centra solo en la evaluación estética o técnica, muchos estudiantes se sienten excluidos o “poco talentosos”. En cambio, si se valorara el esfuerzo, la participación y el disfrute, la música podría convertirse en una herramienta de desarrollo integral para todos. A la vez, los alumnos con talento deberían recibir apoyo para proyectarse profesionalmente. En definitiva, todo lo que hago apunta a lo mismo: construir una sociedad donde la música sea un derecho y no un privilegio. Para mí, todo se resume en una palabra: inclusión.
6. ¿Te sientes cómo un Pach Adams de la música, ya que como todos saben la música sana el cuerpo y el alma? ¿Llamarías a otros artistas a hacer este tipo de acciones con personas que padecen discapacidad?
Más que un título, esa comparación tiene que ver con la forma en que enseño y me relaciono con mis alumnos. Mi metodología se basa en la alegría, la energía y el optimismo, elementos que están presentes en cada clase. Eso permite que el aprendizaje fluya de manera natural, sin frustraciones ni presiones, en un ambiente de confianza y buena energía que finalmente se refleja en presentaciones en vivo llenas de emoción.
Constantemente busco que más músicos, docentes y terapeutas se animen a replicar este tipo de experiencias en distintos lugares. La música inclusiva no solo beneficia a quienes participan directamente, sino que también contribuye a cambiar miradas y derribar prejuicios. Si logramos que más personas se conecten con la inclusión, la diversidad y el valor de cada individuo, estaremos aportando —aunque sea con un pequeño grano de arena— a una transformación cultural que hoy resulta urgente y necesaria.







